Trekking a Dos Valles, una cumbre escondida en el Cajón del Maipo

junio 1, 2021
El Cajón del Maipo nunca dejará de sorprendernos con sus rincones. Esta vez tuve la suerte de conocer un lugar perfecto para hacer avistamiento de cóndores y tener una vista increíble de los dos valles: sur y norte.

 

Cuando escuché de Las Majadas lo primero que hice fue averiguar qué significaba su nombre. Así llegué a su definición “lugar de descanso”. Qué real se hace este nombre cuando vas desde Santiago un viernes después de la oficina con toda la carga de una semana de trabajo intenso. La verdad el taco de la salida de la capital se hace tedioso, pero cuando uno llega a este lugar todo desaparece.

El silencio te envuelve y las luces de la moderna estructura del hotel dan una sensación de calidez, incluso antes de entrar. Existe un relajo con solo respirar el frío aire pirquense. Esto era todo lo que necesitaba: Desconexión. Los grillos grillaban y el viento producía el sonido crujiente de las hojas otoñales al caer de los árboles. El ritmo acelerado de Santiago había desaparecido por completo.

El hotel de Las Majadas me transportó a una cabaña acogedora y a la vez moderna. Un equilibrio perfecto entre lo cálido y lo vanguardista. Mi pieza me invitaba a descansar, pero mi apetito me obligaba a comer. Así fue como tuve mi primer deleite gastronómico en este lugar: camarones al pilpil para partir; fetuccini con tinta de calamar, acompañados por salmón de fondo; y una textura de chocolate para el postre. Todo esto acompañado de mucha buena onda. La calidad humana de cada una de las personas que nos atendieron, hizo que cada plato tuviera un mejor sabor. Esta comida me hizo recuperar toda la energía perdida durante la semana (lo prometo).

Quizás es justamente esto lo que me lleva a entusiasmarme por hacer un trekking al día siguiente y, de hecho, ese es el motivo principal de este post.

Eran las 8:30 am y yo nuevamente figuraba en el restaurante, pero esta vez degustando un muy buen desayuno (incluyo foto, porque me parece indescriptible con palabras. Sobre todo el Huevo Benedictino).

A eso de las 9:00 me encontré con Lorenzo, quien sería mi guía, y Andrés, el conductor. Destaco la minuciosidad de Andrés con el protocolo covid. Nos tomó la temperatura, desinfectó las manos y los zapatos y, además, nos hizo sentarnos distanciados, algo que me hizo sentir muy segura.

La hora y media que nos demoramos desde el hotel hasta el centro de esquí Lagunilla, pasó volando. Aquí partimos el trekking hacia el Morro Bayo. Nos acompañaba un día nublado, pero agradable, y la mejor parte: sin nadie más que nosotros.

El sendero del principio nos ofrece una vista privilegiada al cordón montañoso sur. Se siente una paz total cuando vamos siendo conscientes de lo rodeados de montañas que estamos. Ahí, en mitad de la montaña, con el viento helado en la cara y un ritmo de caminata agradable olvidé los días de cuarentena. Esto era todo lo que necesitaba.

En el camino, Lorenzo nos iba hablando de la flora y fauna del lugar y también de los molestosos “cadillos” que van pinchando, por lo que recomiendo pantalón largo o calcetines medios si van con shorts.

El primer cerro que nos conquistó fue el San Lorenzo, lo teníamos encima y la variedad de colores aún expuestos sin nieve, lo hacían robarse todas las miradas. Al llegar arriba impacta una vista distinta. Ahora podemos ver, además de las montañas del sur, todas las del norte, siendo visible cerros como El Plomo, La Paloma, el San Ramón y muchos otros. Por esto algunos llaman este lugar “Mirador dos valles”.

Aquí el frío ya empieza a sentirse, pero la vista invita a quedarse un buen rato. Ahí sentados entre montañas los cóndores volaban a pocos metros de nosotros, incluso pudimos escuchar el sonido de sus alas cuando pasaban arriba nuestro. Este lugar, es un must, sobre todo, para los fotógrafos amantes de este tipo de animales.

A la vuelta, fuimos siguiendo huellas de un posible puma. Lorenzo nos mostraba las huellas y nos explicaba las diferencias que tienen las de un puma con las de otros animales.

El camino en general no tiene mucha pendiente, la primera y la última subida son las más “duras”, pero desde mi punto de vista este trekking es apto para todos, siendo muy accesible incluso para niños. A eso de las 15:00 horas ya estábamos abajo y llegamos a las 16:00 al hotel listos para saber un poco más de la historia de Las Majadas.

Con una copa de vino comenzaba el Tour liderado por Christian, un hombre de la zona, muy entretenido y con mucho conocimiento del lugar. Con su narración es posible viajar al pasado. Con el grupo caminábamos por el parque observando las más de 60 especies que hay y que, si llegáramos a contabilizar la huerta y las plantas silvestres que crecen, podrían llegar a ser más de 1.000. La Secuoya se transformó en mi árbol favorito del lugar.

Gracias a este tour pudimos entrar al palacio y recorrer todos sus pisos, los que fueron adaptados principalmente para hacer conferencias.

A eso de las 17:00 horas nos habíamos inscrito en una charla de vinos, se llamaba “La influencia francesa en el vino chileno” y era dictada por Gonzalo Rojas, Director Ejecutivo de Vinífera, una empresa consultora especializada en el desarrollo de asesorías técnicas en materia vinícola.

La verdad, me reconozco una ignorante en temas de enología y creo que por lo mismo la charla de Gonzalo me pareció tan interesante. Yo no sabía cosas básicas, como que la alta insolación de la uva es la que hace que nuestro vino tenga tan buen sabor y eso se debe únicamente a nuestro clima mediterráneo, por lo demás, muy único en el mundo.

Fuera de que Rojas es un hombre que sabe mucho, es entretenido ir tomando vino mientras él va comentando lo que le parece. Me acuerdo del primero, era un carmenere gran reserva, criado en roble francés. Mientras Gonzalo comentaba: “Este vino incorpora aroma del tostado. Tiene el típico aroma de frutos del bosque, pimentón, cuero, cacao y chocolate amargo”. Yo iba afinando (algo) mi olfato y gusto. Probablemente sin él diciendo esto, yo jamás hubiese identificado tantos olores y sabores, pero tenerlo de guía era una forma de ser más detallistas a la hora de degustar.

Sin duda esta fue una charla muy entretenida e interesante, donde estuvimos más de dos horas teniendo un diálogo amistoso con este hombre que estaba abierto a resolver todas nuestras dudas.

Esta vez mi estadía en Las Majadas no solo fue salir a enamorarme de los rincones y la fauna del Cajón del Maipo, sino que también fue descansar en un lugar acogedor, deleitarme con buena gastronomía e incorporar conocimientos muy interesantes sobre el vino en mi cabeza.

 

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